El sabio arte de decir NO (... por qué cuidar lo tuyo no te hace arrogante)
Detrás de cada instrumento musical hay años de ahorro, desveladas, privaciones y un esfuerzo que solo quien se sube a un escenario conoce. Una guitarra no es un adorno ni un juguete de fin de semana; es una herramienta de trabajo de alta precisión que cuidamos del clima, de los golpes y del desgaste con un celo absoluto. Por eso, ver que alguien la mira como un simple objeto de entretenimiento y asume que estás obligado a prestársela es, por decir lo menos, un choque cultural. Hoy comparto una reflexión sobre el valor de cuidar lo propio, el respeto al oficio y el derecho a decir no sin culpa.
Existe una extraña costumbre social que asume que si posees algo valioso, vistoso o especial, estás obligado a compartirlo para el entretenimiento de los demás. Y si te niegas, el veredicto de la multitud es inmediato y despectivo y terminas siendo sangrón, mamón y exagerado.
Hace un tiempo viví una experiencia cotidiana pero muy reveladora. Toda vez que a lo largo de veinte años mi hermano, más joven que yo, se hizo de un círculo de amistades bastante Sui Generis que rayaba más en el existencialismo visceral que en el progresismo funcional.
Cierto, nunca tuve química con nadie de ellos (y sí bastantes pleitos con mi hermano a causa de tan peculiar y ejemplar grupo) y yo trataba de mantener mi distancia prudente. Sucedió un día que, estando temporalmente en casa de mi madre, yo tenía mi guitarra electroacústica en su pedestal, porque estaba practicando y llegó uno de esos amigos de mi hermano con su familia, que incluía a su hija (me refiero a la familia del amigo). La chica venía con su novio y, acostumbrada a no tener muchos límites (porque sus padres no se los ponían), vio el instrumento y dijo con toda soltura:
"Ay, mi novio toca la guitarra, ¿la puede agarrar?"
Quedé sorprendido. Ni en mis mejores tiempos trabajando de firme en giras o actuaciones comprometidas le solté mis guitarras a nadie, ni siquiera a mis hijos. Es decir, mi herramienta de trabajo es algo que debo cuidar, pienso yo, y sé lo que me cuesta cuidar las cosas. Por supuesto la chica quería dejar bien situado a su galán (que miraba mi guitarra con superioridad) y ambos buscaban atraer la atención y dejar claro que se trataba de la súper pareja del año. Siendo como soy, solamente me limité a responderle sin medir el impacto que mi respuesta pudiera tener y, con tranquilidad y firmeza, solté:
“Mejor la dejamos ahí, y todos felices”
La chica volteó a ver a su padre, luego a mi hermano, luego a mi madre (ya que estábamos en su casa) y luego a mí. No podía creer semejante respuesta. ¿Cómo solía yo atreverme a negarle, a ella, el uso de mi guitarra para que su novio pudiera hacer alarde de sus capacidades? Le sostuve la mirada primero a ella y luego a su padre y finalmente tuvo que aceptar su derrota, pero ese simple no bastó para fortalecer en mí la etiqueta de pesado y mamón ante el grupo de amigos de mi hermano. Y me puse a reflexionar; ¿en qué momento establecer un límite respetuoso sobre tu propio patrimonio se convirtió en un pecado social?
1. Las herramientas no son juguetes
Para quien no crea ni construye, una guitarra es solo madera y cuerdas; para un músico, es una extensión de sus manos, una herramienta de trabajo calibrada al detalle, cuidada contra la humedad, los golpes y el desgaste. Prestar un instrumento a un desconocido no es una cortesía, es un riesgo innecesario. Exigir que se respete no es pedantería, es ética y dignidad profesional.
2. Confundir la educación con la sumisión
A menudo se nos enseña que ser educado significa complacer a los demás a costa de nuestra propia tranquilidad. Nos da pena decir que no por miedo al qué dirán. Sin embargo, la verdadera educación empieza por el respeto a lo ajeno; no se pide lo que no se ofrece, y no se asume que todo está a disposición del capricho personal.
3. El poder de poner límites
Decir no cuando algo vulnera tus principios o tus cosas no te hace una persona arrogante. Te hace una persona responsable, consciente de su espacio y firme en sus valores. Quien se ofende porque le pones un límite, generalmente es quien se beneficiaba de que no los tuvieras.
Reflexión:
Mis guitarras se quedan en sus pedestales o en sus fundas, intactas y listas para sonar cuando deban sonar. La opinión de los demás sobre mi firmeza no altera el valor de mis decisiones. Aprender a decir que no, sin culpa y con la frente en alto, es uno de los actos de libertad más grandes que podemos ejercer.
Tus cosas, tu espacio y tu trabajo se respetan; y si para defenderlo hay que cargar con la etiqueta de sangrón, se carga con gusto y en silencio. Al final, nadie vive de la aceptación de nadie.
Es cuanto
Messy Blues
