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martes, mayo 19, 2026

Tecnología e Incapacidad Mental - Parte I

De la Bandera Roja al algoritmo de TikTok; ¿Por qué siempre le tememos a lo nuevo?

Hablando de tecnología, Generación Z, agenda WOKE y la Neostalgia Camp —que antagonizan directamente con quienes temen a la pérdida eventual de la vida normal—; nos encontramos de frente con un fenómeno que tiene una dinámica de odio/amor (o temor/adicción) en la que muchos son seres que viven en y para el internet de redes sociales, y otros son temerosos de que el ser humano haya caído en la trampa de la alienación.

No se puede defender a ninguno de ambos lados, cabe mencionar, toda vez que la causa de Un problema, de haberlo, es la colonización comercial y manipuladora de quienes han encontrado el sentido práctico de la ignorancia casi general de quienes actualmente manejan la tecnología.

Cada vez que abres las redes sociales o ves las noticias, el panorama es apocalíptico respecto a temas como que la Inteligencia Artificial nos va a dejar sin trabajo, los smartphones están destruyendo el cerebro de los jóvenes y los algoritmos nos están volviendo idiotas. Si escuchas con atención, parecería que estamos viviendo una crisis sin precedentes y que la tecnología actual es un monstruo diseñado para extinguir la civilización.

Pero ya hemos estado aquí antes.

La humanidad tiene una vieja y ridícula costumbre; cada vez que inventamos algo capaz de cambiar el mundo, lo primero que hacemos es reaccionar con un pánico absoluto. A este fenómeno los sociólogos lo llaman tecnofobia o pánico moral. La tecnología casi siempre nace como un adelanto neutral, pero la sociedad —por pura ignorancia o miedo al cambio— proyecta en ella sus peores demonios.

Viajemos un poco en el tiempo para probar la teoría.

El hombre de la bandera roja (y el terror a los motores)

Imaginemos que es el siglo XIX. Alguien inventa el automóvil. En lugar de aplaudir un transporte que no cagaba en la calle, como hacían los caballos, la gente se aterrorizó. El miedo fue tal que en Inglaterra se aprobó la Red Flag Act (Ley de la Bandera Roja). Esta ley obligaba a que cualquier coche autopropulsado tuviera a un hombre caminando delante de él, agitando una bandera roja durante el día y una linterna por la noche, para avisar a los ciudadanos del inminente peligro que se aproximaba a la velocidad de... ¡6 kilómetros por hora!

El arte ha muerto (otra vez)

Cuando apareció la fotografía, los pintores de la época pegaron el grito en el cielo. Decían que era una máquina satánica que venía a matar el arte y que robaba el alma de las personas. Hoy, los artistas digitales y los escritores dicen exactamente lo mismo de los generadores de imágenes por IA. El argumento es idéntico, solo cambió el siglo.

El chisme destruirá los hogares

Cuando el teléfono (de línea) se masificó, los periódicos de la época publicaron editoriales alarmistas asegurando que la gente perdería la capacidad de hablar cara a cara. Es más, se llegó a decir que el teléfono destruiría la estructura familiar porque las mujeres pasarían todo el día metidas en el aparato chismeando en lugar de atender la casa. ¿Te suena familiar a lo que dicen hoy de las pantallas? 

Incluso cuando los hermanos Lumière proyectaron por primera vez la película de un tren llegando a la estación, la gente de la sala salió corriendo despavorida pensando que el tren los iba a arrollar. Pasó con el telégrafo, con la radio, con el fonógrafo y hasta con el microondas.

El verdadero problema no es el chip, es el dueño

Entonces, si la tecnología siempre ha sido un adelanto, ¿por qué hoy sentimos que las cosas sí se están saliendo de control? Aquí es donde entra mi teoría. La tecnología no es el problema; el problema es que cayó en manos de manipuladores que aprendieron a monetizar nuestros instintos más bajos.

Un cuchillo es una herramienta neutral y sirve para que un cirujano salve una vida en un quirófano o para que alguien cometa un delito. El microprocesador y el internet son herramientas maravillosas, pero el modelo de negocio actual no busca educar, busca controlar.

Grandes corporaciones se dieron cuenta de que el recurso más valioso del planeta no es el petróleo, sino tu atención. Y para atrapar esa atención, descubrieron que es mucho más lucrativo mantener a la gente indignada, asustada, con la autoestima rota (buscando likes para encajar) o sufriendo de FOMO (quedar fuera). Una mente ansiosa e insegura consume más.

No estamos ante una tecnología malvada, sino ante un sistema que manipula nuestra psicología para volvernos adictos. Nos falta pensamiento crítico y alfabetización digital para entender que lo que vemos en la pantalla no es la realidad, sino un anzuelo diseñado para que no soltemos el teléfono.

Recuerdo algunos detalles respecto a los mismos temores sobre algunos de estos avances a lo largo de casi cuarenta años. Un ejemplo fue cuando estudiaba diseño gráfico y utilicé por primera vez una computadora Macintosh (hoy iMac). Se utilizaba un diskette de arranque y otro de operación, y podías hacer dibujos utilizando el mouse, o bien, escaneabas la imagen con un rodillo manual y la retocabas con el mejor programa de Macintosh (Apple) para ello.

Por supuesto que en esa época —en que caía el muro de Berlín— yo no podía aspirar a tener una cosa de esas y muchos puristas criticaban esos avances porque, a su juicio, acabaría con el arte de la mano alzada. No fue muy diferente a cuando comencé a aprender a utilizar el Corel DRAW! 3.0 (en Windows 3.1) porque, aparte de que tenía que utilizarlo en la oficina de algún arquitecto amigo mío, respaldar los trabajos era todo un albur. Si los diskettes se magnetizaban. Tu trabajo de días podía desaparecer en un segundo.

Por cierto, la capacidad de cada diskette era de 1.44 MB y no eran exactamente un alarde de almacenamiento.

Así es, tanto Adobe como Autodesk y Corel, fueron satanizados hasta el hartazgo.

Lo cierto es que entre los 1990s y los 2010s, programas como Photoshop, Illustrator, Premiere, After Effects y Audition fueron una herramienta muy útil para creadores de imágenes, videos y música. Y, hablando de música, también existieron MusicMatch, MixCraft, y otros que olvido, para crear incluso pistas de instrumentos virtuales. Hasta Finalle servía para realizar partituras.

Actualmente hay artistas que comenzaron de esa manera a falta de presupuesto para equipar un estudio —en el caso de artistas de imagen— o para contratar músicos —en el caso de esto último—, pero jamás se pudo reemplazar el talento humano. Aún intentando hacerlo.

Resumiendo este capítulo, diremos que el problema real respecto al uso de la inteligencia artificial no está en la herramienta misma, sino en quienes la utilizan y dejemos estipulados dos puntos importantes y básicos que nos servirán de referencia dialéctica sobre lo expresado aquí:

A. La Economía de la Atención (Los Manipuladores)

Las redes sociales y los smartphones no se volvieron adictivos por accidente. Empresas como Meta, Google o TikTok —entre otros— contrataron psicólogos conductistas para diseñar interfaces que hackean nuestro cerebro y utilizan el sistema de recompensa variable (el mismo de las máquinas tragamonedas de los casinos) de tal forma que tú haces scroll hacia abajo y no sabes si el próximo video te va a encantar o aburrir, lo que te mantiene atrapado buscando dopamina.

B. El Factor del Bajo IQ (O la falta de alfabetización digital)

Más que un tema de coeficiente intelectual puro, lo que ocurre es una falta de pensamiento crítico y baja autoestima. Los algoritmos se alimentan de la necesidad humana de aprobación (likes) y del miedo a quedarse fuera (FOMO o Fear of Missing Out). Quienes controlan estas tecnologías se dieron cuenta de que es más rentable mantener a la gente indignada, asustada o comparándose con los demás, porque una mente ansiosa consume más y adquiere un hábito de adicción mental difícil de revertir.

Es cuanto

Messy Blues

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