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domingo, agosto 30, 2026

¿Rockabilly Mexicano?

Cuando la idea es buena pero la actitud no


Hace alrededor de catorce años recién llegué a la Ciudad de México después de haber estado un tiempo en Chihuahua —tocando la guitarra— y traía muchas ideas en la cabeza para crear material y hacer un disco (que ahora se llama Rooted Time) y como gusto personal tengo al Rockabilly, confieso, influenciado por mis tiempos de estudiante —años ochenta— en que escuchaba a los Stray Cats con Brian Setzer a la cabeza. En esos días en que me tenían hasta la madre con Eddie Van Halen y el Glam Metal, la guitarra de Setzer me parecía un oasis.

No odiaba el heavy metal pero tampoco era exactamente mi estilo, ya saben, mi gusto siempre ha estado orientado al rock duro, al AOR y al progresivo, con obvias influencias del Jazz y el Blues y el heavy lo escuchaba en menor medida. Lo que me ponía de malas eran MTV y toda su basura que le metió a la juventud casi vía intravenosa.

Por eso es que lo menos peor en cuanto a mainstream en los años ochenta eran Brian Setzer y los Stray Cats.

Así entonces —catorce años ha— llegué un día de Agosto a la capital pretendiendo tocar las puertas de antes y ver la manera de volver a trabajar en el circuito chilango y un día vi en Facebook que existía una comunidad Rockabilly en la ciudad, lo que me animó bastante. Visité entonces un lugar emblemático en el centro de la ciudad y me encontré con ciertos rechazos tácitos debido a mi melena y mi indumentaria. Parecía que había entrado a la película de La Bamba vestido como si yo fuera un prófugo del Marquee Club en los años sesenta. Lo entendí, no obstante.

Animado por la novedad, me puse en contacto con uno de los grupos que había visto ahí y el baterista me citó cerca del Zócalo para entregarme dos de sus discos que obviamente pagué, como se debe. Acompañado de su cara mitad (vocalista) y su cuñado (contrabajista), el baterista me hizo sentir complacido por la distinción pero en cuestión de media hora, la chica había despedazado sin piedad a todos sus demás colegas (de los otros grupos) haciendo ver que todos eran mediocres menos ella.

Puedo entender que una o dos personas puedan ser así pero la realidad amarga fue que un buen grueso de la comunidad de greasers (como ellos mismos se llaman) tenía un odio estigmático hacia todo lo que oliera o pareciera orientado al Rock creado a partir de la Ola Inglesa.

En sus grupos de discusión (redes sociales) los vi verter odios viscerales hacia lo que ellos llamaban Putos Hippies y Metaleros de Mierda y una gran variedad de insultos que harían ruborizar al más vulgar del barrio. Abundaban también las mentiras y fantasías que elevaban el estatus de rockabiller por encima de cualquier otro estilo. Hasta las golosinas y bebidas gaseosas debían encajar en su ideal de Rebelde sin Causa.

Me retiré por lo sano y continué enfocado en mi estilo y lo demás ya lo conocen, pero hace poco escuché a alguien decir que el Rockabilly tenía un origen netamente mexicano porque había nacido en Tijuana y, a juicio de quien dijo eso, los gringos nos lo robaron, pero eso es mentira. El comentario me llevó a meditar mucho sobre esa estigmatización respecto a las tribus urbanas como una gran mayoría de los mencionados (aclarando que no estoy generalizando). Y llegué a varias conclusiones.

Cuando la tribu olvida la música

A mediados del siglo XX, el rock and roll nació como una explosión de libertad. Era la mezcla salvaje e impredecible del country, el rhythm & blues y la actitud de una juventud que no pedía permiso. El rockabilly, en su esencia más pura, era eso, dinamita en tres acordes, contrabajo percutivo, eco de cinta y una urgencia casi primitiva.

Sin embargo, a veces ocurre un fenómeno curioso y triste con las subculturas, el movimiento que nació para romper reglas termina creando un manual de policía.

A veces, como en mi caso, uno se acerca a una escena por genuina curiosidad y amor al arte. Quien aprecia la complejidad armónica del jazz, la elasticidad del bossa nova o la arquitectura del rock progresivo, puede fascinarse con la misma honestidad ante el slap de un contrabajo o la cadencia bailable del rockabilly. Para quien ama la música, no hay géneros menores ni superiores; hay intención, ritmo y emoción.

La sorpresa llega cuando te topas con el muro de la intolerancia. En ciertos círculos, la identidad no se construye a partir de lo que se crea, sino de lo que se desprecia. Aparece entonces el purista de mostrador, el mismo que necesita descalificar el trabajo de todos sus colegas para sostener la fragilidad de su propio pedestal. Para este perfil, la crítica no es una herramienta estética, sino un hábito defensivo. Es destruir al de al lado antes de que alguien note sus propias limitaciones.

El prejuicio suele encarnarse en etiquetas fáciles. Clasificar a cualquier músico que explore horizontes posteriores a 1963 bajo un epíteto despectivo —como si el desarrollo del rock, las vertientes pesadas o la experimentación fueran una suerte de traición— solo evidencia un miedo profundo a la evolución. Es la ironía máxima de rendir culto a una música que en su momento fue subversiva, convirtiéndola en un museo con guardias armados que insultan a los visitantes.

La verdadera madurez musical no exige aislamiento ni desprecio hacia el vecino. El talento real no necesita pisotear la escena local para brillar, ni atrincherarse en un género para sentirse superior. Al final del día, las actitudes pasan, la soberbia cansa y los discursos de odio se vuelven ruido de fondo. Lo único que permanece en el tiempo —para fortuna de todos— es la música bien hecha.

Rockabilly... ¿mexicano?

Vamos a ser muy honestos, NO existe el Rockabilly mexicano, de hecho NO existe el Rock en español. Existen los estilos adaptados al idioma pero no se pueden adoptar las esencias por una cultura cuyas raíces son diametralmente opuestas a lo que hizo posible el surgimiento de la música rock. El Rock and Roll fue creado por la juventud de un país vencedor en la Segunda Guerra Mundial (Estados Unidos) y esa juventud creció bajo el miedo de las armas nucleares en una sociedad de idiosincrasia SAJONA, por un lado, con influencia del lamento AFRO por el otro, derivada esta influencia de una población que en esa época aún se enfrentaba a la segregación racial.

No, no existen ni el Rock ni el Rockabilly mexicanos. Podemos adaptarnos a tocar ambos estilos, y hacerlo de manera satisfactoria, pero aunque escribamos una canción llamada Pancho's Rock, el estilo es y será original de Estados Unidos. Nos guste o no tal idea. Los ingleses lo modernizaron, cierto, pero también es cierto que el Reino Unido es parte de esos aliados que vencieron a Hitler en 1945 y, por demasiadas razones, están hermanados culturalmente. México no forma parte de eso, por más que le queramos hallar lazos.

Hace un par de años, trabajando en la cafetería de mi Ex Manager, llegaron unas chicas inglesas a comprar, obvio, café. Conversamos un poco y una de ellas mencionó que mi look era muy MOD (y sí, he trabajado en ello). Sí, me sentí elogiado en lo razonable pero le hice ver que mi actitud era meramente imitativa, tal y como era su playera de Frida Kahlo. Es decir, ella quería vivir un poco la sensación de sentirse dentro de la cultura mexicana y yo estaba haciendo lo propio por la cultura británica pero ambos estuvimos de acuerdo en que eso no nos quitaba lo mexicano a mí (y a mucho orgullo) ni lo inglesa a ella.

Terminamos siendo buenos amigos vía Facebook.

El recuento final es que es válido y creativo sentir afinidad por una cultura o una subcultura y expresarlo abiertamente. Lo preocupante es cuando nos convertimos en elementos fundamentalistas como si se tratara de una religión. En ese punto, estamos demostrando poca capacidad artística y una gran mediocridad mental y cultural

Es cuanto.

Messy Blues

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