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viernes, agosto 07, 2026

Marshall y Masha; y su diálogo de letras chiquitas

Desmontando el mito de la Rusia siempre arruinada

Por: Irina B Elizarova


Alrededor de dos años atrás, en una conversación post-cena entre hijas, madre y abuela; se habló de una raíz que las chicas en casa tenemos, la eslava con orgullo cosaco. Explicar las razones de por qué actualmente vivimos en México tomaría una publicación completa pero es importante decir que para nosotras (abuelita, mamá, hermanas y yo) la idea de hogar es el lugar donde eres feliz, con claros y oscuros, porque siempre los hay, y México recibió a mis padres en los años setenta por cuestiones diplomáticas, y nos recibió bien (no, no fuimos refugiados). El punto en este caso fue la historia de mi bisabuela, piloto del 558° Regimiento femenino aéreo del ejército soviético en la Segunda Guerra Mundial.

No daré pormenores sobre ese tema porque es sencillo buscarlo usando Google y plataformas de inteligencia artificial (aunque no garantizo la veracidad total). Mi propósito es, primero, aceptar la invitación que me hicieron en este medio para escribir artículos (Gracias Tona Hendricks!) y, luego, tocar el tema de las Brujas de la Noche, que fue como los nazis (los enemigos) llamaron a ese regimiento que ya mencioné antes. Inspirada por la conversación de aquella noche hace dos años (y un poquito más), pensé en escribir una ópera rock. Sé que existe una canción del grupo metalero Sabaton sobre las Brujas de la Noche, y me gusta esa canción, pero no existe una obra completa que hable de ellas, así que decidí crear el concepto de una.

El problema es que el concepto soviético genera muchos prejuicios por su naturaleza no alineada al modelo estadounidense y no faltan quienes asumen que la niñez de la heroína podría iniciar desde una Rusia pobre, como la gente en occidente piensa que era la Rusia en manos bolcheviques, siempre en crisis y en pobreza. Semejante idea es equivocada. En la vida real, la protagonista creció bien, en una granja, y sí es cierto que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se recuperaban del desastre que dejó la Primera Guerra Mundial pero la hambruna y pobreza que tanto se ha destacado en los documentales de historia se concentró en regiones disidentes, también en Siberia y en el oriente de la nación, región que linda con Corea y China y cuyas costas casi tocan Alaska y Canadá.

Habría que aclarar que en el momento en que Stalin y Hitler crearon (sin firmar, ninguno de los dos cobardes) el pacto Molotov-Ribbentrop, la URSS estaba creando una infraestructura mayor a la que todos los países de Europa juntos tardaron años en crear. Hablamos de líneas de ferrocarril, tranvías, telégrafos y hasta líneas telefónicas que, en Europa Occidental y Estados Unidos, estaban reservadas para la gente con dinero. El movimiento soviético también eliminó la idea de que existían diferencias de clases y diferencias de razas y de comunidades étnicas. Mientras en Paris, Londres, Madrid, Roma, Berlín, y todo Estados Unidos, la gente de raza afro, la oriental y la latinoamericana era segregada. Primer gran punto.

Sobre la ópera rock


Cuando se escribe una obra sobre la historia, la tentación de usar los clichés del cine es grande. A veces nos han vendido la idea de que para ser un héroe bajo el cielo soviético tenías que huir de la miseria o luchar forzado por un régimen. Pero la historia real de mi bisabuela Nadya —y la de miles de chicas que volaron en el 588.º Regimiento— fue muy distinta. Se alistaron para defender a su patria. Ellas querían retribuir lo que la nación les había dado; un hogar, una raíz y un orgullo.

Nadya no creció en la miseria ni bajó la cabeza bajo ningún drama de folletín. Creció en el campo, en una granja, con pan en la mesa, dignidad y una infancia tranquila rodeada de su gente.

Lo que cambió su vida no fue la política interna, fue la invasión nazi. Fue ver media Ucrania (y el resto de la URSS) arder, ver sus pueblos destruidos y a su gente amenazada por una maquinaria de exterminio. Ella no se alistó en la aviación por desesperación ni por la tiranía de Stalin; se alistó por amor a su tierra y por la rabia digna de defender su hogar. Volar de noche en aviones de lona y madera, con el motor apagado entre los reflectores enemigos, no lo hace alguien que se siente miserable; lo hace alguien que tiene algo valioso que proteger.

Reducir el origen de nuestras mujeres ancestrales a la caricatura de pobreza y tiranía es quitarle lo más grande que tuvieron, que fue su propia voluntad, su valentía y su verdad. En la rock ópera, por consecuencia, la infancia de Nadya no sería una tragedia gris. Es la luz de la tierra que luego saldría a defender en los cielos. Porque para honrar a las Brujas de la Noche, primero hay que tener el respeto de contar la historia como realmente ocurrió.

Esos Marshalitos de Netflix dominguero necesitan saber que…

A mí me gustan muchas cosas estadounidenses, hay muchas más de las que la gente suele poner en una lista de ocurrencias. Comencemos por su sistema de comercio que los rescató de la gran depresión en los años veinte del siglo pasado y al mismo tiempo logró derrotar a las mafias citas en Chicago y Nueva York. Ese sistema de ventas por catálogo fue genial, revolucionario y muy copiado y logró que toda la producción manufacturera y sus procesos comerciales diera empleos a mucha gente.

Los norteamericanos crearon el sistema de producción en serie, el sistema de créditos familiares y de negocios y la comunicación entre ciudades que optimizó el crecimiento social. Y creo que muchos que viven allá no pueden desmentirme porque, es verdad, los Estados Unidos crecieron muy rápido en un tiempo récord. En geopolítica no los menciono porque, en ese punto, son los villanos. Pero crearon cosas geniales como las guitarras eléctricas, el horno de microondas, y muchas otras cosas que valdría la pena citar, pero que me tomarían espacio. Sin embargo, se les reconoce.

Pero hablemos de la Rusia y la Ucrania siempre arruinados.

¿¿Siempre arruinados?? Un vistazo a los datos reales de la reconstrucción soviética. Avalados por estadísticas de la CIA sobre el PIB soviético e historiadores como Alec Nove o Stephen Kotkin, occidentales.

El Mito: La URSS/Rusia siempre fue un país arruinado y económicamente fallido.

El Contexto que omiten: En 1945, la URSS no estaba mal administrada, estaba devastada por el fascismo. Perdió 27 millones de vidas y un tercio de su riqueza.

El Hecho: Sin ayuda externa (sin Plan Marshall), para 1950 la industria se había levantado. En los años 50 el PIB crecía al 6% anual. En 1961 pusimos al primer hombre en el espacio.

La Conclusión: El sistema soviético tuvo graves errores políticos y deficiencias estructurales al final, eso es cierto, pero negar la hazaña titánica de la gente de esa generación para levantar un continente en ruinas no es "conocer la historia", es deshonestidad intelectual.

Desmontando el mito de esa Rusia siempre arruinada

El objetivo de mi post no es negar los problemas del modelo soviético, sino contextualizar el punto de partida y la magnitud del esfuerzo. Y, por supuesto, quitarle el sombrero a los John Wayne que insisten en que las espuelas en las botas son mejores que las kirzas sobre la nieve, enfrentando osos y lobos.

El costo real de la Segunda Guerra Mundial (La Gran Guerra Patria)

Muchos en Occidente comparan la recuperación de Europa Occidental (apoyada por el Plan Marshall) con la de la URSS, olvidando la escala de la destrucción que se establece así:

Pérdidas humanas.- La URSS perdió alrededor de 27 millones de personas (casi el 14% de su población total).

Destrucción material: La invasión nazi destruyó más de 1,700 ciudades y pueblos, 70,000 aldeas, 31,000 fábricas y dejó sin hogar a 25 millones de personas.

Infraestructura: Se perdieron el 65% de las vías férreas en la zona ocupada y el 60% de la ganadería.

Sin un Plan Marshall versión Europa Oriental, la URSS tuvo que reconstruirse completamente sola, ya que rechazó (y prohibió a su bloque) el dinero del Plan Marshall estadounidense por razones de dignidad.

Como podemos ver, a pesar de perder un tercio de su riqueza nacional y casi el 15% de su población en la guerra, para 1948 la producción industrial soviética ya había superado los niveles previos a la guerra (1940).

El Milagro Económico de Posguerra (1945 - 1960)

Decir que siempre estuvieron en la ruina ignora que entre los años 50 y 60 la URSS tuvo tasas de crecimiento que rivalizaban o superaban a las de Occidente. Ejemplo es lo siguiente:

Crecimiento del PIB: Durante los años 50, la economía soviética creció a un promedio anual estimado de entre el 5% y el 6% (según datos calculados incluso por la CIA en sus informes de la Guerra Fría).

Industrialización acelerada: Se reconstruyeron gigantes industriales como la cuenca del Donbás (donde está Lugansk, donde nací) e infraestructuras masivas como la central hidroeléctrica del Dniéper en tiempo récord.

Superpotencia Científica: En menos de 15 años tras estar devastados por los nazis, la URSS pasó de la ruina a liderar la carrera espacial. Si no lo creen, chequen:

1954: Primera central nuclear del mundo para uso civil (Obninsk).

1957: Primer satélite artificial (Sputnik).

1961: Primer hombre en el espacio (Yuri Gagarin).

Bienestar Social y Calidad de Vida proporcionados por el estado (El contraste real con un sistema similar que, en otros países, cuesta mucho dinero)

Si bien el consumo de bienes ligeros (ropa de moda, electrodomésticos) siempre estuvo por detrás del capitalismo occidental, la URSS garantizó indicadores sociales que pocos países devastados por una guerra lograron tan rápido:

Analfabetismo: Erradicado casi al 100% (partiendo de una población zarista mayoritariamente analfabeta).

Vivienda (Las Jrushchovkas): Aunque hoy se ven grises, el programa masivo de vivienda de Krushev en los años 50 y 60 sacó a decenas de millones de familias de sótanos y chozas comunitarias, dándoles departamentos privados con calefacción central y agua corriente por primera vez.

Esperanza de vida: Pasó de unos 40 años en la época zarista y los años 20 a bordear los 68-70 años en la década de 1960, igualando casi a EE.UU. en ese periodo específico.

Personalmente respetaré la calidad y el crecimiento de los países de occidente en medida de lo posible. Aceptaré que los Estados Unidos son una potencia y aceptaré también que sus modelos de bienestar para ricos son atractivos, pero también debo defender la identidad de mis raíces.

Con este artículo voy a perder muchas amistades, me queda claro, pero tengo un clan y una estirpe que debo defender y hacer valer su lugar en la historia. Porque, al final, ni History Channel, ni Netflix, ni Prime Video, ni DW, ni BBC, ni Fox News han dicho una palabra real de lo que fue la URSS, solo se limitan a mencionar las dictaduras de Stalin y Putin. La historia misma, a nivel universal, ha omitido a las Brujas de la Noche y sobrevalora el multi promocionado Desembarco de Normandía. Algo es cierto, quienes vencieron a los nazis en Berlín, fueron los soviéticos. Les guste o no tal hecho a los occidentales que defienden aquello de America First.

Y de paso les traigo algunas anotaciones, para debatir sobre esa URSS siempre en ruinas y esa América Grandiosa.

Mártires de la Lucha Antirracista en EE. UU.

Dr. Martin Luther King Jr. (1929–1968). Pastor bautista y el rostro más emblemático del movimiento por los derechos civiles. Promovió la resistencia no violenta, la desegregación y el derecho al voto de los afroamericanos. Fue asesinado por un francotirador en Memphis, Tennessee.

Malcolm X (El-Hajj Malik El-Shabazz) (1925–1965). Líder y orador fundamental que denunció con vehemencia la supremacía blanca y la violencia institucional. Fue asesinado mientras daba un discurso en Nueva York.

Medgar Evers (1925–1963). Veterano de la Segunda Guerra Mundial y secretario de campo de la NAACP en Misisipi. Trabajó activamente para registrar votantes negros y desmantelar la segregación escolar. Fue emboscado y asesinado frente a su casa por un miembro del Ku Klux Klan.

James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner (1964). Conocidos como los Mártires del Verano de la Libertad. Chaney (afroamericano) y Goodman y Schwerner (ambos blancos y judíos) trabajaban juntos registrando votantes afroamericanos en Misisipi. Fueron emboscados, linchados y asesinados por una turba de miembros del Ku Klux Klan que contaba con la complicidad de la policía local.

Jonathan Myrick Daniels (1939–1965). Estudiante de seminario de la Iglesia Episcopal (blanco) que viajó a Alabama para ayudar en la integración racial. Murió al interponerse entre el cañón del arma de un oficial de policía y una joven activista afroamericana de 17 años (Ruby Sales), salvándole la vida.

Viola Liuzzo (1925–1965). Ama de casa y activista blanca de Detroit que viajó a Alabama para transportar en su automóvil a manifestantes pacíficos tras las marchas de Selma a Montgomery. Fue perseguida en la carretera y emboscada por miembros del KKK, quienes le dispararon mortalmente.

Víctimas Inocentes

Emmett Till (1941–1955). Un niño afroamericano de solo 14 años procedente de Chicago que fue secuestrado, torturado y salvajemente asesinado en Misisipi tras ser acusado falsamente de haberle silbado a una mujer blanca. El impacto de ver las fotos de su funeral con el ataúd abierto impulsó masivamente el Movimiento por los Derechos Civiles.

Las cuatro niñas de Birmingham (1963). Addie Mae Collins (14), Denise McNair (11), Carole Robertson (14) y Cynthia Wesley (14). Fueron masacradas cuando miembros del KKK colocaron dinamita en la Iglesia Bautista de la Calle 16 en Birmingham, Alabama, un punto de reunión clave para el movimiento antirracista.

El Monumento a los Derechos Civiles en Montgomery, Alabama (diseñado por la renombrada arquitecta Maya Lin), rinde homenaje a 40 mártires reconocidos oficialmente entre 1954 y 1968, aunque la violencia racial cobró la vida de miles de personas más a lo largo del siglo XIX y XX.

Como nota medio muy personal de mi parte, y aunque los Beatles me aburren horrores, hay una canción de ellos que sí me gusta, Blackbird, de 1968, que ellos hicieron como un mensaje de aliento hacia las mujeres afroamericanas que luchaban por sus derechos civiles en el sur de Estados Unidos, inspirado particularmente por eventos como los de los nueve de Little Rock (Arkansas) que intentaban desegregar las escuelas.

El Llanero Solitario y Superman son cool, pero las Brujas de la Noche fueron reales.

Escribió: Irina Briseño Elizarova

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Corrección de estilo y redacción: Maximiliano Líverant


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jueves, agosto 06, 2026

¿Egocentrismo o responsabilidad?

El sabio arte de decir NO (... por qué cuidar lo tuyo no te hace arrogante)


Detrás de cada instrumento musical hay años de ahorro, desveladas, privaciones y un esfuerzo que solo quien se sube a un escenario conoce. Una guitarra no es un adorno ni un juguete de fin de semana; es una herramienta de trabajo de alta precisión que cuidamos del clima, de los golpes y del desgaste con un celo absoluto. Por eso, ver que alguien la mira como un simple objeto de entretenimiento y asume que estás obligado a prestársela es, por decir lo menos, un choque cultural. Hoy comparto una reflexión sobre el valor de cuidar lo propio, el respeto al oficio y el derecho a decir no sin culpa.

Existe una extraña costumbre social que asume que si posees algo valioso, vistoso o especial, estás obligado a compartirlo para el entretenimiento de los demás. Y si te niegas, el veredicto de la multitud es inmediato y despectivo y terminas siendo sangrón, mamón exagerado.

Hace un tiempo viví una experiencia cotidiana pero muy reveladora. Toda vez que a lo largo de veinte años mi hermano, más joven que yo, se hizo de un círculo de amistades bastante Sui Generis que rayaba más en el existencialismo visceral que en el progresismo funcional.

Cierto, nunca tuve química con nadie de ellos (y sí bastantes pleitos con mi hermano a causa de tan peculiar y ejemplar grupo) y yo trataba de mantener mi distancia prudente. Sucedió un día que, estando temporalmente en casa de mi madre, yo tenía mi guitarra electroacústica en su pedestal, porque estaba practicando y llegó uno de esos amigos de mi hermano con su familia, que incluía a su hija (me refiero a la familia del amigo). La chica venía con su novio y, acostumbrada a no tener muchos límites (porque sus padres no se los ponían), vio el instrumento y dijo con toda soltura:

"Ay, mi novio toca la guitarra, ¿la puede agarrar?"

Quedé sorprendido. Ni en mis mejores tiempos trabajando de firme en giras o actuaciones comprometidas le solté mis guitarras a nadie, ni siquiera a mis hijos. Es decir, mi herramienta de trabajo es algo que debo cuidar, pienso yo, y sé lo que me cuesta cuidar las cosas. Por supuesto la chica quería dejar bien situado a su galán (que miraba mi guitarra con superioridad) y ambos buscaban atraer la atención y dejar claro que se trataba de la súper pareja del año. Siendo como soy, solamente me limité a responderle sin medir el impacto que mi respuesta pudiera tener y, con tranquilidad y firmeza, solté:

“Mejor la dejamos ahí, y todos felices”

La chica volteó a ver a su padre, luego a mi hermano, luego a mi madre (ya que estábamos en su casa) y luego a mí. No podía creer semejante respuesta. ¿Cómo solía yo atreverme a negarle, a ella, el uso de mi guitarra para que su novio pudiera hacer alarde de sus capacidades? Le sostuve la mirada primero a ella y luego a su padre y finalmente tuvo que aceptar su derrota, pero ese simple no bastó para fortalecer en mí la etiqueta de pesado y mamón ante el grupo de amigos de mi hermano. Y me puse a reflexionar; ¿en qué momento establecer un límite respetuoso sobre tu propio patrimonio se convirtió en un pecado social?

1. Las herramientas no son juguetes

Para quien no crea ni construye, una guitarra es solo madera y cuerdas; para un músico, es una extensión de sus manos, una herramienta de trabajo calibrada al detalle, cuidada contra la humedad, los golpes y el desgaste. Prestar un instrumento a un desconocido no es una cortesía, es un riesgo innecesario. Exigir que se respete no es pedantería, es ética y dignidad profesional.

2. Confundir la educación con la sumisión

A menudo se nos enseña que ser educado significa complacer a los demás a costa de nuestra propia tranquilidad. Nos da pena decir que no por miedo al qué dirán. Sin embargo, la verdadera educación empieza por el respeto a lo ajeno; no se pide lo que no se ofrece, y no se asume que todo está a disposición del capricho personal.

3. El poder de poner límites

Decir no cuando algo vulnera tus principios o tus cosas no te hace una persona arrogante. Te hace una persona responsable, consciente de su espacio y firme en sus valores. Quien se ofende porque le pones un límite, generalmente es quien se beneficiaba de que no los tuvieras.

Reflexión:

Mis guitarras se quedan en sus pedestales o en sus fundas, intactas y listas para sonar cuando deban sonar. La opinión de los demás sobre mi firmeza no altera el valor de mis decisiones. Aprender a decir que no, sin culpa y con la frente en alto, es uno de los actos de libertad más grandes que podemos ejercer. 

Tus cosas, tu espacio y tu trabajo se respetan; y si para defenderlo hay que cargar con la etiqueta de sangrón, se carga con gusto y en silencio. Al final, nadie vive de la aceptación de nadie.

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jueves, julio 23, 2026

El cine como expresión testimonial

Alan Parker: El cineasta que desafió los muros del poder y el dogma




Hay directores de cine cuya obra se puede definir por un género específico, y hay otros, mucho más escasos, cuyo hilo conductor no es el estilo visual ni la época, sino una actitud. Sir Alan Parker pertenecía a esa segunda categoría. A lo largo de su carrera, saltó con total soltura del musical de época al thriller político, de la tragedia carcelaria a la comedia urbana. Sin embargo, en el fondo de sus mejores historias siempre late la misma pulsión: el individuo enfrentado al peso aplastante de las instituciones, el dogma y el autoritarismo.

Más allá de encasillarlo en una corriente ideológica rígida, el cine de Parker destaca por su profundo humanismo y una postura visceralmente anti-sistémica. Tres de sus producciones resumen magistralmente esta búsqueda de libertad frente al control social.

La inocencia como rebelión: Melody (1971)


Aunque fue dirigida por Waris Hussein, Melody lleva en sus cimientos la firma de Alan Parker como guionista. Tras su aparente sencillez —una tierna historia de amor infantil sazonada con la inolvidable música de los Bee Gees— se esconde un subtexto de rebeldía sumamente lúcido.

Cuando dos niños de diez años deciden que quieren casarse y escapar de las reglas del mundo adulto, no están haciendo una rabieta; están desafiando la inflexibilidad de la escuela, la rigidez de la sociedad de clases y la burocracia emocional de los mayores. Es la inocencia utilizada como un espejo incómodo para el orden establecido.

La alienación y la semilla del fascismo: Pink Floyd – The Wall (1982)


En 1982, Parker llevó al cine la mítica obra conceptual de Pink Floyd, creando una pieza audiovisual demoledora que marcó a toda una generación. The Wall es una autopsia visual de cómo las instituciones deshumanizantes —la educación represiva, la sobreprotección y la guerra— van construyendo ladrillo a ladrillo el trauma de una persona.

La película muestra con escalofriante precisión cómo la víctima de la opresión, al verse atrapada en su propio muro mental, puede terminar convertida en un líder neofascista. Es una advertencia feroz contra el totalitarismo, la masificación de las mentes y la pérdida de la empatía.

La seducción del poder y el populismo: Evita (1996)


Con Evita, Parker adaptó el célebre musical de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice para ofrecer una mirada multidimensional sobre el poder y la fascinación de las masas. Lejos de construir una hagiografía o una caricatura simplista, el filme explora las luces y sombras de Eva Perón; la ambición personal, el resentimiento de clase, el amor del pueblo vulnerable y la puesta en escena política frente a la oligarquía y las fuerzas armadas.

La película funciona como una lección sobre cómo la política se viste de espectáculo y cómo los símbolos pueden ser tanto refugio como herramienta de control.

Un legado de compromiso social

Limitar a Alan Parker a estas tres entregas sería dejar fuera títulos clave que redefinieron el drama social en Hollywood. Películas como Expreso de Medianoche (Midnight Express, 1978) denunciaron la brutalidad carcelaria y la desproporción de la justicia, mientras que Arde Mississippi (Mississippi Burning, 1988) encaró de frente el racismo sistémico y la impunidad en el sur de los Estados Unidos. Incluso en cintas más luminosas como Fame (1980) o The Commitments (1991), el arte y la música aparecen siempre como las únicas vías de escape dignas para la clase trabajadora.

El cine de Alan Parker nos recuerda que el arte no existe solo para entretener, sino para incomodar, cuestionar las estructuras de poder y recordar que, frente a cualquier muro institucional, la libertad individual y el pensamiento crítico siguen siendo nuestra mejor defensa.

El impacto cultural de Alan Parker


El verdadero impacto de Alan Parker en la cultura popular trasciende las salas de cine y reside en cómo moldeó el lenguaje audiovisual moderno y la conciencia social de finales del siglo XX.

Como uno de los grandes exponentes de la llamada British Invasion de directores en Hollywood —junto a figuras como Ridley Scott o Adrian Lyne—, Parker importó la narrativa del lenguaje publicitario y del videoclip, pero no para quedarse en el esteticismo hueco, sino para ponerlo al servicio de causas sociales urgentes. Sus películas no solo narraron historias; crearon iconografías imborrables que se instalaron en el imaginario colectivo: los martillos marchando al ritmo de un himno contra la alineación escolar en The Wall, la desesperación tras las rejas de una prisión turca, o la dignidad de los jóvenes trabajadores que encuentran en el soul y la música un refugio frente a la marginalidad.

Parker demostró que el cine comercial podía ser estéticamente audaz, musicalmente vibrante y, al mismo tiempo, profundamente incómodo para los discursos de poder. En una era donde el arte a menudo oscila entre el entretenimiento evasivo y el panfleto ideológico, la obra de Alan Parker permanece como un testimonio del cine humanista: aquel que confía en la inteligencia del espectador, desafía los dogmas establecidos y celebra el espíritu indomable del individuo.

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lunes, julio 06, 2026

Músicos y musiqueros

10 Cosas que no deben hacer los músicos

Aunque vivo en México y esto está pensado por las experiencias propias, y de muchos colegas mexicanos, creo que también sucede en el resto del mundo. Por tal razón, quien lea, solo debe adaptar las situaciones.

Alrededor de 2010 o 2011 yo acababa de llegar de Chihuahua (en donde trabajé por dos años). Allá había estado tocando en un bar con buenos resultados pero cuenta el hecho de que está cerca de la frontera con los Estados Unidos y había, por ese entonces, una fuerte influencia musical orientada a los tipos de música que yo toco, Hard Rock, Blues y Rock Progresivo. Al llegar aquí descubrí que el mainstream eran el roñatón, el rap callejero, el rock urbano y los corridos tumbados y la mejor apuesta hacia el Hard Rock eran La Ley, Maná, Mago de Oz y Héroes del Silencio. Cosa que no encajaba conmigo.

No obstante, intenté checar el ambiente y fui a ver algunos bares en los que su mejor oferta era llevar mis cosas, ponerme a tocar y, con el derecho moral de UNA bebida, el pago sería a través de una copa en una mesa junto al(la) cajero(a) en donde la gente dejaría propinas, mismas que me serían entregadas al final de la noche. Sin una retribución justa por la actuación.

Como tenía que sobrevivir me puse a trabajar en un OXXO (imagínense) y un día llegaron unos muchachos de apariencia convencional que pegaron un póster en el que convocaban a una Guerra de Bandas muy prometedora en la que los jueces eran miembros de Botellita de Jerez y no recuerdo que otro grupo mexicano famoso. El premio era tan escueto como la realidad; alguna suma relativamente buena al primer lugar y un reconocimiento al segundo y tercer lugares, además de, según la promesa, la grabación de dos canciones en un estudio profesional, de la que al ganador se le entregaría una copia en archivos digitales para que se auto distribuyera.

El póster estuvo ahí un día y algunos muchachos del área copiaban los datos y algunos otros, con celulares avanzados para la época, tomaban fotos (esto fue en 2011, más o menos) y, por no dejar, le eché una ojeada. Marqué y pregunté y me dieron informes señalando todas las condiciones (bastante leoninas) en las que los grupos deberían presentarse con su equipo y hacer una labor de preventa de cien boletos después de que el comité organizador les hiciera entrega de un talonario foliado, y por el que cada grupo o artista debería firmar de recibido.

No pude evitar sonreír sardónicamente.

Esa misma tarde le llamé a Francisco Barrios, El Mastuerzo —baterista fundador de Botellita de Jerez. Por razones sindicales nos habíamos hecho, si bien no amigos cercanos, sí bastante conocidos en términos cordiales, y él se carcajeaba de lo que yo le estaba platicando. Como ya dije, eran otros tiempos y pocos celulares tenían capacidad de tomar fotos así que le tomé una foto al cartel con mi cámara digital Kodak Easy Share y por la noche se la envié a Paco por correo-e, desde mi computadora.

Luego platicamos por un rato y me dejó claro que ese era uno más de los demasiados fraudes cometidos por ciertos vivales para que los afortunados competidores de esas Guerras de Bandas hicieran colecta de fondos, garantizando dinero fácil. Agregó que no era la primera vez que metían a Botellita de Jerez en el guisado. En resumen, las Guerras de Bandas eran solo una parte de la sordidez del manejo de grupos de rock en manos equivocadas.

Ahora bien. No solamente los grupos de rock somos víctimas de cosas así. Los grupos versátiles, las tecno-bandas y hasta ciertos acoplados vocales son objeto de fraude y delitos por parte de farsantes que prometen trabajo (generalmente en buenos lugares, playas y provincia en general) y, en el mejor de los casos, les sacan una buena suma a los artistas y luego desaparecen. Digo en el mejor de los casos porque muchas veces llegan a la inculpación de esos artistas por delitos que comete el(la) estafador(a), al despojo e incluso la trata de personas.

Con la evolución de la tecnología, los equipos digitales sonideros, las bocinas con Bluetooth y otras cosas han desplazado dramáticamente al músico en general, al menos fuera de la estabilidad de grupos destinados a los eventos grandes. Esto ha creado la idea colectiva de que los músicos somos una suerte de limosneros laborales que, por tocar un simple instrumento musical no tenemos por qué ganar demasiado dinero y el trabajo para la gran mayoría ha caído mucho hacia 2026, quince años después de aquella experiencia personal con la Guerra de Bandas.

Pero los mismos músicos de rock tienen la culpa de ser víctimas del menosprecio.

Los grupos versátiles, norteños, de tecno-banda, salsa y de salón, dentro de todo, tienen ciertas normas rigurosas para trabajar, como son el uso de uniforme, horarios establecidos, ensayos exhaustivos, formalidad y desempeño. No podría hablar de calidad en todos los casos pero la mayoría sí se preocupa de que su música suene de manera respetable. Esto es, todos esos artistas o grupos sí logran ganar dinero precisamente porque ofrecen un producto que sí está a la altura de la exigencia.

Hablemos ahora de la mayoría de grupos de rock, especialmente los nóveles. La idea que muchos jóvenes tienen de tocar rock radica en crear una banda chida con buenas rolas, basan su habilidad en el idealismo de la rebeldía y la conducta contestataria y salen a tocar vestidos como si fueran a pasear en domingo. Sus playeras deben lucir lo más desastrosas posible y los tenis deben estar en la línea de los más insolentes héroes en sus discos… o canciones bajadas de Internet.

Es posible que dediquen esfuerzo para hacerse de un instrumento decente, un amplificador aceptable, una pedalera que cubra casi todo el escenario, platillos calibrados comprados en Mercado Libre y venga a convertirse en un ícono del rock, aunque sea dentro de la alcaldía, o municipio. Lo interesante aquí es que no les preocupa la parte en que la primera impresión, que es la que cuenta, ejerce en el público y mucho de ese público es el que tiene el dinero en las cuentas y también muchas veces la posibilidad de ofrecerles un cierto futuro. Esos muchachos por lo regular suelen ser esos soñadores que esperan que la vida les dé el honor que dicen que merecen.

A este tipo de grupos de garaje les parece atractivo que, para comenzar, un bar les permita tocar a cambio de monedas en una copa (o sombrero) y una cerveza per cápita. Al fin y al cabo todos están en la misma onda y por supuesto que así se darán a conocer. Dinámica que los perseguirá por los siguientes cuatro o cinco años, tocar barato para darse a conocer y eventualmente dejar por la paz el oficio de músico de rock.

Justo hace unos años, antes de la pandemia, un conocido del rancho (por allá en Guanajuato bajío) me dijo que él y su generación tendrían una reunión y que a mí me tocaba poner la música. Esto representaba ir al pueblo, conseguir equipo (y músicos) y tocar a cambio de comida y bebidas. ¿Por qué?, simple, porque yo era un musiquillo que le gusta tocar la guitarra y pues era conocido. Por supuesto lo mandé a volar.

Caso similar fue el lanzamiento de mi disco Rooted Time (lo mencionaré porque a muchos músicos independientes de rock les sucede lo mismo).

Por años yo toqué covers de rock en inglés y en el rancho (y en Chihuahua, y en la CDMX) era conocido como ese wey que podía cantar y tocar los solos de guitarra de Hotel California, Stairway to Heaven, Smoke on the Water, y todo ese repertorio popular entre los nostálgicos. Después de una accidentada participación como guitarrista en un grupo citadino de rock clásico (Oldies), terminé harto de todo eso y decidí hacer un disco con canciones propias y fue que hice el Rooted Time.

Tras un año de trabajo en ese disco, entre la creación de las canciones y la grabación, lo publiqué en la plataforma en donde se vende, y tuve la ocurrencia de compartir la liga con colegas con los que había trabajado, amigos, familiares y promotores. Los promotores reaccionaron bien, pero la mayoría de colegas fueron despiadados. El más mediocre, un ejecutante de armónica que ni siquiera tocaba los solos como eran, dijo: No es la gran cosa, pero está bien. El bajista de ese mismo grupo también se mofó y, curiosamente el guitarrista líder de ellos elogió mi trabajo, y bien.

Otro guitarrista que, en mis años de pre-adolescencia me había inspirado a ser también guitarrista (allá en el rancho) fue el más cáustico de todos. Su opinión fue: ¿Lo grabaste en tu casa?, suena de la chingada. Afortunadamente siempre estoy preparado para todo. Los elogios deben tomarse con cuidado y las críticas como de quien vienen. Algunas sí serán para mejorar y otras las dicta el resentimiento, o la estupidez.

Y hubo más. Un primo mío me dijo: Espero mi disco, pariente. Es decir, mi primo esperaba que le regalara una copia en CD y me causó gracia. Al principio no le respondí pero lo observé en redes sociales. Cada vez que yo publicaba la liga de una canción de mi disco, él brillaba por su ausencia y un cierto día una amiga le preguntó en corto que, de mis canciones, ¿Cuál le gustaba más? Su respuesta fue sorprendente. Sabiendo que no me lo estaba diciendo a mí, señaló que no las había escuchado y que, de hecho, no era su estilo favorito lo que yo tocaba. El mismo primo que exigía una copia gratis de mi disco.

La ironía en este caso (y sí que es ironía) fue que el disco —en formato digital— comenzó a venderse en Estados Unidos, Reino Unido, China, Rusia y (¡vaya paradoja!) Ucrania, y bien. No para hacerme millonario pero algo salió. Pensé en que no tenía corazón para decirle a todos esos americanos y europeos que estaban en un error porque mis colegas y mi primo opinaban que No era la gran cosa.

Todo este rollo fue para ilustrar el menosprecio que, como músicos, hemos creado en torno a nosotros al facilitar actuaciones gratuitas, aceptar limosnas como pago y al no cuidar nuestra calidad de presentación. Al ser nosotros mismos quienes generamos la falta de respeto hacia nosotros. Si un abogado cobra por una simple consulta, un músico tiene que cobrar por siquiera cantar una pieza.

Aunque es cierto que nuestro peor enemigo está en casa, muchas veces.

Otro detalle que devalúa mucho la seriedad con la que debe ser tomado un músico es el lenguaje. A propósito mencioné la frase: crear una banda chida con buenas rolas para ilustrar la forma de expresarse que se maneja en el ambiente. Palabras como rolas, lira, toquines, raza y cosas parecidas han formado parte del caló subterráneo que, de acuerdo a la intención, es parte de la integración en la que el barrio acepta a los artistas. El gran problema es que es ahí en donde se quedan estacionados. Los promotores reales que se llevan de gira a grupos y artistas de rock, los sacan de lugares más refinados en donde se presentan músicos que han estudiado arduamente y se han especializado en lo que hacen, pocas veces les atrae la idea de llevarse a los chicos del garaje. Y aún menos les atrae interactuar con el muchacho común de la calle hablando un lenguaje local.

Otro detalle: muchos de esos músicos preparados suelen leer libros físicos, no memes, chistes y frases de redes sociales. Y esa sí es una gran diferencia.

Al final entonces, mencionaré 10 cosas que los músicos en general NO deben hacer:

1.- Atender las convocatorias de las Guerras de Bandas.

2.- Caer en el efecto Dunning Kruger (sesgo cognitivo en el que las personas con conocimientos limitados sobre un tema sobreestiman drásticamente sus habilidades). Esto es, no creer que sabes más de lo que realmente sabes.

3.- Tocar a cambio de propinas. No cargas tu equipo e instrumento para que te arrojen unas monedas, ¿cierto? (a menos que pagues por tocar en vía pública, es más redituable)

4.- Aceptar propuestas de red social en las que te prometen el paraíso. Un empresario profesional no te va a convocar en Facebook. Ellos generalmente tienen un equipo que se encarga de buscar talentos de manera profesional.

5.- Aceptar que alguien en internet promueva tu música a cambio de una mensualidad bajo la promesa de colocarte en Spotify y plataformas similares. Eso lo puedes hacer tú mismo(a).

6.- Aceptar actuaciones sin pago a cambio de difusión. Por lo regular ese tipo de actuaciones ni siquiera son promovidas y la mayoría son en términos familiares.

7.- Subvalorar tu capacidad. Quien acepte que vales como músico lo hará bien y no tendrás que convencer a nadie (pero por supuesto tienes que trabajar en tu calidad).

8.- Vestirte como si fueras a ir al tianguis. Es interesante que mucha gente acude a una fiesta, misa o reunión tratando de impresionar con las mejores prendas; pero muchos de ellos, que también tocan en un grupo, suelen salir como el ropero se los permitió y la creatividad les limitó. Aunque en el caso de los grupos de rock el uniforme no es obligatorio (y hasta se ve extraño), es cierto que el cuidado de la imagen desempeña un papel vital.

9.- Hablar con jerga y caló del barrio. Sin algo personal contra el barrio —yo soy de barrio— pero no puedes imaginarte a un ejecutivo expresándose con clientes poderosos como si estuviera en el mercado. No se trata de clasismo, se trata de CALIDAD. Alex Lora tiene su propio lenguaje porque es parte de su dinámica empresarial, es lo que ÉL vende y es la forma en que él hace que tú compres sus discos y acudas a sus conciertos. Si comes, te casas o te acepta la sociedad es algo que a él le tiene sin el más mínimo cuidado. Recuerda, tú NO eres Alex Lora y tu NO ganarás dinero por imitarlo a él.

10.- Menospreciar al colega que comienza. Un vicio casi general es demeritar a otros colegas. Muchas veces, el músico que ya tiene cierta experiencia suele referirse a los valores nuevos como: está bien pendejo, le falta mucho, y cosas así. El verdadero valor de un artista no radica en que sea mejor que otros, radica en el hecho de que puede hacer que TODOS crezcan. Y aquí juega un papel dramático el narcisismo.

Dichos estos diez consejos, dejo al razonamiento lo que cada quien quiera tomar o dejar. Solo hay que tomar en cuenta algo muy importante: la música como oficio y/o profesión es algo que debe hacerse respetar. Las cosas no llegan fácilmente y, para llegar lejos, hay que trabajar muy duro. Pero una buena noticia entre tanta cosa: en la actualidad te puedes promover y generar ventas utilizando las redes sociales. También sirven para eso, no solo para decir estupideces.

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martes, junio 23, 2026

El misterio del hombre que era su propio abuelo

Lógica, humor negro y libros de texto: El enigma de Idolina Moguel

El día que los libros de texto nos enseñaron que un hombre puede ser su propio abuelo


En el año de 1977, quienes cursábamos el primer grado de secundaria en México recordamos perfectamente aquellos libros de la materia de Español de la autora Idolina Moguel. Entre reglas gramaticales y lecturas solemnes, de pronto nos topamos con un ejercicio delirante, un oasis de humor negro y lógica pura que se quedó grabado en la memoria de toda una generación: La carta del suicida.

El texto en cuestión —una genialidad de enredos genealógicos que ha mutado en canciones y parodias a lo largo de las décadas— se presentaba como la nota de despedida de un hombre que, abrumado por la geometría de sus lazos familiares, decide poner fin a su existencia.

¿El motivo? Descubrió, por pura ley de parentescos, que era su propio abuelo. Por supuesto, se trata de humor negro, hoy casi en extinción por culpa de la Cultura de la cancelacíon.

Para quienes no lo recuerden, o para las mentes jóvenes que visitan este blog y se preguntan cómo es posible semejante carambola matemática, la historia se desarrollaba más o menos así:
La Carta del Suicida (ó "La crónica de un enredo absoluto")

"Señor Juez, no culpen a nadie de mi muerte; la culpa es de las leyes del parentesco, que no me han dejado otra salida.

Todo comenzó cuando me casé con una viuda que tenía una hermosa hija ya en edad de merecer. Mi padre, que también era viudo, nos visitaba con frecuencia, se enamoró de mi hijastra y terminó casándose con ella, y ahí empezó mi calvario.

Como mi padre se casó con mi hijastra, ella se convirtió automáticamente en mi madrastra. Al mismo tiempo, mi padre pasó a ser mi yerno, puesto que era el esposo de la hija de mi mujer.

Las cosas se complicaron cuando mi esposa dio a luz a un niño. Este pequeño era hermano de la esposa de mi padre (mi madrastra). Por lo tanto, ¡el bebé se convirtió en mí tío!

Pero el enredo definitivo llegó cuando la esposa de mi padre (mi hijastra) tuvo un hijo. Ese niño era mi hermano, pero también era mi nieto, porque era el hijo de mi hijastra y, como la esposa de un hombre es la abuela de sus nietos, y yo soy el esposo de la madre de mi nieto... resulta que yo soy abuelo de mi hermano. Y dado que el esposo de una abuela es el abuelo de la casa, llego a la pavorosa conclusión de que ¡soy mi propio abuelo!

Ante semejante crisis de identidad, prefiero pasar a mejor vida"

La genialidad didáctica de los setenta

Visto a la distancia, resulta fascinante cómo la pedagogía de aquellos años utilizaba el absurdo para enseñarnos lingüística. Idolina Moguel no nos puso a leer esto por el simple gusto del chiste macabro, sino como un brillante ejercicio de comprensión lectora y análisis sintáctico.

Para resolver las actividades del libro, uno tenía que sentarse con lápiz y papel a trazar un árbol genealógico real. El ejercicio nos obligaba a entender el peso de los nexos, los pronombres relativos y cómo una estructura gramatical puede cambiar por completo la realidad formal de las personas. Era lógica pura disfrazada de sátira.

Al final, este texto nos demostró que la lengua española puede ser un laberinto perfecto. Y a ti, ¿te tocó resolver este árbol genealógico en la secundaria? Si intentas dibujarlo hoy, te advierto que vas a necesitar un buen café y bastante paciencia.

Al menos diviértanse un poco 😁

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martes, mayo 19, 2026

Tecnología e Incapacidad Mental - Parte I

De la Bandera Roja al algoritmo de TikTok; ¿Por qué siempre le tememos a lo nuevo?

Hablando de tecnología, Generación Z, agenda WOKE y la Neostalgia Camp —que antagonizan directamente con quienes temen a la pérdida eventual de la vida normal—; nos encontramos de frente con un fenómeno que tiene una dinámica de odio/amor (o temor/adicción) en la que muchos son seres que viven en y para el internet de redes sociales, y otros son temerosos de que el ser humano haya caído en la trampa de la alienación.

No se puede defender a ninguno de ambos lados, cabe mencionar, toda vez que la causa de Un problema, de haberlo, es la colonización comercial y manipuladora de quienes han encontrado el sentido práctico de la ignorancia casi general de quienes actualmente manejan la tecnología.

Cada vez que abres las redes sociales o ves las noticias, el panorama es apocalíptico respecto a temas como que la Inteligencia Artificial nos va a dejar sin trabajo, los smartphones están destruyendo el cerebro de los jóvenes y los algoritmos nos están volviendo idiotas. Si escuchas con atención, parecería que estamos viviendo una crisis sin precedentes y que la tecnología actual es un monstruo diseñado para extinguir la civilización.

Pero ya hemos estado aquí antes.

La humanidad tiene una vieja y ridícula costumbre; cada vez que inventamos algo capaz de cambiar el mundo, lo primero que hacemos es reaccionar con un pánico absoluto. A este fenómeno los sociólogos lo llaman tecnofobia o pánico moral. La tecnología casi siempre nace como un adelanto neutral, pero la sociedad —por pura ignorancia o miedo al cambio— proyecta en ella sus peores demonios.

Viajemos un poco en el tiempo para probar la teoría.

El hombre de la bandera roja (y el terror a los motores)

Imaginemos que es el siglo XIX. Alguien inventa el automóvil. En lugar de aplaudir un transporte que no cagaba en la calle, como hacían los caballos, la gente se aterrorizó. El miedo fue tal que en Inglaterra se aprobó la Red Flag Act (Ley de la Bandera Roja). Esta ley obligaba a que cualquier coche autopropulsado tuviera a un hombre caminando delante de él, agitando una bandera roja durante el día y una linterna por la noche, para avisar a los ciudadanos del inminente peligro que se aproximaba a la velocidad de... ¡6 kilómetros por hora!

El arte ha muerto (otra vez)

Cuando apareció la fotografía, los pintores de la época pegaron el grito en el cielo. Decían que era una máquina satánica que venía a matar el arte y que robaba el alma de las personas. Hoy, los artistas digitales y los escritores dicen exactamente lo mismo de los generadores de imágenes por IA. El argumento es idéntico, solo cambió el siglo.

El chisme destruirá los hogares

Cuando el teléfono (de línea) se masificó, los periódicos de la época publicaron editoriales alarmistas asegurando que la gente perdería la capacidad de hablar cara a cara. Es más, se llegó a decir que el teléfono destruiría la estructura familiar porque las mujeres pasarían todo el día metidas en el aparato chismeando en lugar de atender la casa. ¿Te suena familiar a lo que dicen hoy de las pantallas? 

Incluso cuando los hermanos Lumière proyectaron por primera vez la película de un tren llegando a la estación, la gente de la sala salió corriendo despavorida pensando que el tren los iba a arrollar. Pasó con el telégrafo, con la radio, con el fonógrafo y hasta con el microondas.

El verdadero problema no es el chip, es el dueño

Entonces, si la tecnología siempre ha sido un adelanto, ¿por qué hoy sentimos que las cosas sí se están saliendo de control? Aquí es donde entra mi teoría. La tecnología no es el problema; el problema es que cayó en manos de manipuladores que aprendieron a monetizar nuestros instintos más bajos.

Un cuchillo es una herramienta neutral y sirve para que un cirujano salve una vida en un quirófano o para que alguien cometa un delito. El microprocesador y el internet son herramientas maravillosas, pero el modelo de negocio actual no busca educar, busca controlar.

Grandes corporaciones se dieron cuenta de que el recurso más valioso del planeta no es el petróleo, sino tu atención. Y para atrapar esa atención, descubrieron que es mucho más lucrativo mantener a la gente indignada, asustada, con la autoestima rota (buscando likes para encajar) o sufriendo de FOMO (quedar fuera). Una mente ansiosa e insegura consume más.

No estamos ante una tecnología malvada, sino ante un sistema que manipula nuestra psicología para volvernos adictos. Nos falta pensamiento crítico y alfabetización digital para entender que lo que vemos en la pantalla no es la realidad, sino un anzuelo diseñado para que no soltemos el teléfono.

Recuerdo algunos detalles respecto a los mismos temores sobre algunos de estos avances a lo largo de casi cuarenta años. Un ejemplo fue cuando estudiaba diseño gráfico y utilicé por primera vez una computadora Macintosh (hoy iMac). Se utilizaba un diskette de arranque y otro de operación, y podías hacer dibujos utilizando el mouse, o bien, escaneabas la imagen con un rodillo manual y la retocabas con el mejor programa de Macintosh (Apple) para ello.

Por supuesto que en esa época —en que caía el muro de Berlín— yo no podía aspirar a tener una cosa de esas y muchos puristas criticaban esos avances porque, a su juicio, acabaría con el arte de la mano alzada. No fue muy diferente a cuando comencé a aprender a utilizar el Corel DRAW! 3.0 (en Windows 3.1) porque, aparte de que tenía que utilizarlo en la oficina de algún arquitecto amigo mío, respaldar los trabajos era todo un albur. Si los diskettes se magnetizaban. Tu trabajo de días podía desaparecer en un segundo.

Por cierto, la capacidad de cada diskette era de 1.44 MB y no eran exactamente un alarde de almacenamiento.

Así es, tanto Adobe como Autodesk y Corel, fueron satanizados hasta el hartazgo.

Lo cierto es que entre los 1990s y los 2010s, programas como Photoshop, Illustrator, Premiere, After Effects y Audition fueron una herramienta muy útil para creadores de imágenes, videos y música. Y, hablando de música, también existieron MusicMatch, MixCraft, y otros que olvido, para crear incluso pistas de instrumentos virtuales. Hasta Finalle servía para realizar partituras.

Actualmente hay artistas que comenzaron de esa manera a falta de presupuesto para equipar un estudio —en el caso de artistas de imagen— o para contratar músicos —en el caso de esto último—, pero jamás se pudo reemplazar el talento humano. Aún intentando hacerlo.

Resumiendo este capítulo, diremos que el problema real respecto al uso de la inteligencia artificial no está en la herramienta misma, sino en quienes la utilizan y dejemos estipulados dos puntos importantes y básicos que nos servirán de referencia dialéctica sobre lo expresado aquí:

A. La Economía de la Atención (Los Manipuladores)

Las redes sociales y los smartphones no se volvieron adictivos por accidente. Empresas como Meta, Google o TikTok —entre otros— contrataron psicólogos conductistas para diseñar interfaces que hackean nuestro cerebro y utilizan el sistema de recompensa variable (el mismo de las máquinas tragamonedas de los casinos) de tal forma que tú haces scroll hacia abajo y no sabes si el próximo video te va a encantar o aburrir, lo que te mantiene atrapado buscando dopamina.

B. El Factor del Bajo IQ (O la falta de alfabetización digital)

Más que un tema de coeficiente intelectual puro, lo que ocurre es una falta de pensamiento crítico y baja autoestima. Los algoritmos se alimentan de la necesidad humana de aprobación (likes) y del miedo a quedarse fuera (FOMO o Fear of Missing Out). Quienes controlan estas tecnologías se dieron cuenta de que es más rentable mantener a la gente indignada, asustada o comparándose con los demás, porque una mente ansiosa consume más y adquiere un hábito de adicción mental difícil de revertir.

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Marshall y Masha; y su diálogo de letras chiquitas

Desmontando el mito de la Rusia siempre arruinada Por: Irina B Elizarova Alrededor de dos años atrás, en una conversación post-cena entre hi...

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