De la caja de juguetes de Navidad al pánico satánico (y a cuando Brian Epstein no hablaba español)
Hay pocos objetos en este mundo capaces de generar tanta fascinación —y tanto terror de sobremesa— como una simple tabla de pino con el abecedario impreso, unos números y un indicador de madera con agujero (planchette). Sin cables, sin pilas, sin inteligencia artificial y sin suscripción premium. Sin embargo, millones de personas están convencidas de que es capaz de abrir portales dimensionales, invocar legiones de ultratumba o permitir una charla fluida con el más allá.
Confesemos, ¿quién no ha sucumbido alguna vez al morbo de la adolescencia o a la curiosidad etílica de una madrugada para poner los dedos sobre la planchette? Yo mismo lo hice. Y no, por más que esperamos con los ojos apretados y el corazón en la garganta, el mismísimo Pazuzu jamás se dignó a hacer acto de presencia.
De hecho, mi bautizo de fuego con el famoso tablero tiene una intrahistoria inmejorable. Fue gracias a un tío mío; Carlos González Correa, periodista de corazón y casta, el día después de que nos llevara a mi hermana, a mi prima y a mí a ver The Exorcist II: The Heretic (esa secuela fallida que ya pedía a gritos un exorcismo propio). Como la primera parte ya no estaba en cartelera desde hacía cuatro años, nos la contó y, siendo escéptico, tuvo la ocurrencia de mandarme a la papelería a comprar el tablero y luego sentarnos a jugar.
En aquellos años yo ya era un devoto absoluto de The Beatles, y por entonces el único miembro de ese equipo que había fallecido era Brian Epstein. Así que ahí estaba yo, con los dedos sobre la madera, temblando de suspenso y creyendo que el querido manager de los Fab Four venía desde el éter a revelarme algún secreto universal hasta que la tabla empezó a deletrear una frase reveladora que mi tío guio con malicia digna de su oficio.
"Deja de verle las piernas a Patty" (la niñera).
El estallido de risa general fue inmediato y a mí me cayó el veinte de golpe. Primero, por la evidencia aplastante de que Brian Epstein, con toda su elegancia británica, en vida no habría hablado ni una sola palabra de español. Y segundo, porque sí, efectivamente me la pasaba viendo las piernas de Patty, pero el médium real sentado al otro lado de la mesa no era ningún espíritu de la Invasión Británica, sino mi tío, que ya me había cachado en plena distracción adolescente.
Del escaparate de juguetes al salón burgués
La gran ironía de todo esto es que el objeto paranormal más famoso del planeta empezó su vida exactamente igual que una tostadora o un abrelatas, como un producto de venta.
A finales del siglo XIX, en plena fiebre victoriana por el espiritismo y los avances tecnológicos (el telégrafo, el ferrocarril, la electricidad), la frontera entre la ciencia y la magia era muy difusa. Si la electricidad viajaba por un cable invisible, ¿por qué no iba a hacerlo el alma de un difunto? Pero la verdadera genialidad no fue espiritual, sino capitalista. Los inventores y empresarios se dieron cuenta que los tableros alfabéticos artesanales que usaban los médiums podían industrializarse.
Así, en 1891, la tabla recibió su patente oficial y durante décadas se vendió en jugueterías y catálogos de Navidad con la misma naturalidad con la que hoy compramos un Monopoly o un Maratón. En los anuncios aparecían matrimonios sonrientes y familias burguesas pasando un rato divertido. No había demonios ni sacerdotes ni posesiones. Era un pasatiempo de salón basado en la sugestión pura y dura.
La ciencia del empujón involuntario; El efecto idiomotor
¿Por qué se mueve entonces? La respuesta científica nos quita algo de magia, pero nos ahorra exorcismos. Se llama efecto idiomotor, un concepto estudiado en el siglo XIX por fisiólogos como William Benjamin Carpenter.
Una simple idea o expectativa inconsciente provoca diminutos movimientos musculares en nuestras manos sin que sintamos que estamos ejerciendo fuerza. Por eso, cuando en los experimentos controlados se vendan los ojos a los participantes o se rota el tablero a espaldas de todos, los espíritus sufren de repente una amnesia fulminante y las respuestas se vuelven un galimatías total. En una sesión de ouija, la única voz y el único motor presente siempre somos nosotros mismos.
El día en que William Friedkin nos cambió la jugada
Si la tabla era un juguete inofensivo, ¿en qué momento se convirtió en la puerta oficial al infierno? El culpable tiene nombre y apellido: William Friedkin (y el autor novelístico William Peter Blatty).
En 1973, la adaptación cinematográfica de El Exorcista reconfiguró de un plumazo el imaginario colectivo. En la ficción, la joven Regan MacNeil acude a la ouija como un juego inocente antes de ser tomada por el demonio. El impacto cultural fue tan sísmico que la percepción pública se dio la vuelta como un calcetín; el objeto no cambió en absoluto —seguía siendo la misma madera contrachapada—, pero la historia que nos contaban sobre este cambió para siempre. El juguete de juguetería pasó a ser tabú.
Conclusión
Al final, la historia de la ouija es el reflejo perfecto de cómo nos encanta asustarnos a nosotros mismos y cómo la cultura popular (impulsada por el marketing y el gran cine) puede reescribir la naturaleza de las cosas.
Prefiero mil veces quedarme con la comedia involuntaria de aquella tarde de vacaciones, las risas de mi tío, la constatación de que Brian Epstein no tenía ni idea de español (y actualmente ni John Lennon ni George Harrison) y el recordatorio de que, si algún día un trozo de madera empieza a moverse bajo tus dedos, lo más probable es que alguien en la mesa esté intentando disimular o simplemente tú estés mirando lo que no debes.
Es cuanto
Messy Blues
