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martes, noviembre 03, 2026

Los quietos del escenario

Los Quiet Ones: La fuerza gravitacional del rock clásico


En la historia del rock existe el espejismo recurrente de creer que los grupos los sostienen únicamente las piruetas del frontman, los gritos desgarrados al micrófono central o los solos pirotécnicos con la guitarra siendo aporreada. La pirotecnia vende boletos y llena portadas, de acuerdo, pero cualquiera que haya pisado un escenario o haya pasado horas puliendo el sonido en un ensayo sabe la verdad de que, sin la columna vertebral, el edificio se cae.

A esos hombres que no necesitaban saltar, romper amplificadores ni acaparar las luces para hacer sonar a un grupo completo se les conoce como los Quiet Ones. Los discretos, los imperturbables, los arquitectos de la penumbra escénica. Esos músicos que, mientras la tormenta soplaba al frente, se quedaban anclados a sus instrumentos con la compostura de un artesano, entregando exactamente la nota que la canción pedía. Ni una más, ni una menos.

Hoy en La Maraca repasamos a algunos de esos titanes sin los cuales el rock clásico simplemente no hubiese sido lo que fue.

1. La compostura del ritmo: De los Stones a The Who

Si hablamos de presencia estática pero demoledora, hay que empezar por Bill Wyman y Charlie Watts en The Rolling Stones. Mientras Mick Jagger cruzaba el escenario de lado a lado y Keith Richards encendía el ambiente con su soltura habitual, Wyman permanecía inmóvil, sujetando el bajo casi en vertical, con una expresión neutra que parecía bordear el aburrimiento. Pero qué clase de bajo; sólido, económico, el ancla absoluta. Y a su lado, Charlie Watts, el baterista con alma de jazzista que jamás perdió el estilo ni regaló un adorno innecesario.

En el extremo opuesto del volumen, pero bajo la misma premisa escénica, estaba John Entwistle, The Ox, en The Who. Frente al caos desatado de Pete Townshend dando saltos mortales y Keith Moon desmadrando la batería, Entwistle parecía una estatua de granito en una esquina del escenario. No se movía un solo centímetro pero con sus dedos hacía rugir las cuatro cuerdas con la fuerza y la velocidad de un trueno. Él era la pared que evitaba que la banda se descarriara.

2. La elegancia y la atmósfera: Harrison, Wright y Jones

En The Beatles, George Harrison encarnó mejor que nadie la figura del guitarrista sobrio. Flanqueado por dos monstruos de la composición y el carisma como John Lennon y Paul McCartney, el Beatle callado aportó la finura, el gusto melódico y esos solos medidos al milímetro que terminaron de darle brillo a las canciones del grupo.

En el terreno del rock progresivo, la figura de Richard Wright en Pink Floyd es fundamental. Mientras el concepto y las guitarras capturaban la atención, Wright permanecía tras los teclados y el Hammond, tejiendo la atmósfera melancólica y etérea que definió el sonido único de la banda (basta escuchar Us and Them para entenderlo).

Y qué decir de John Paul Jones en Led Zeppelin. Con Robert Plant y Jimmy Page acaparando todas las miradas, Jonesy se encargaba en silencio del bajo, los teclados, los arreglos y la arquitectura armónica de cada tema. Sin él, Zeppelin hubiese sido solo ruido y volumen; con él, eran una auténtica orquesta de blues pesado.

3. La precisión al servicio de la canción

La lista se extiende por toda esa época dorada donde el rock todavía tenía peso, cuerpo y alma:

Jon Lord, que con su órgano Hammond anclaba la potencia de Deep Purple sin perder la compostura clásica.

Mick Taylor y su paso sutil pero magistral por los Rolling Stones.

Noel Redding, sosteniendo el ritmo para que la tormenta de Jimi Hendrix pudiera volar libre.

Tony Banks en Genesis, con su precisión matemática al teclado.

Nick Mason, el metrónomo sereno de Pink Floyd.

John Deacon en Queen, la solidez discreta que sostenía el espectáculo visual de Freddie Mercury.

E incluso el mismísimo Eric Clapton en su etapa con Cream o el trabajo contundente de Tony Iommi en Black Sabbath, donde la economía de gestos sobre el escenario contrastaba con la pesadez aplastante de su sonido.

El valor de la contención

Hacia finales de los años 70, con la llegada de cosas más sobreproducidas y espectáculos donde la forma empezó a ganarle a la sustancia, ese espíritu del músico sobrio fue quedando relegado. Pero cuando uno vuelve a poner los discos de esa era dorada, queda claro que la grandeza no siempre se mide en decibelios de voz o en piruetas sobre el escenario.

La verdadera fuerza del buen rock residía en la energía, cierto, pero dependía mucho de esos elementos tranquilos que, con un par de acordes bien puestos y un pulso de hierro, sostuvieron el peso de la historia.

Es cuanto

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